Reseña: Painkiller – Execution Ground

Portada de Execution Ground

Una de mis cualidades favoritas en cualquier proyecto creativo es cuando estos crean una atmosfera creíble y captivante. Debo admitir que hoy en día mi capacidad de concentración se ha vuelto ridícula gracias a las maravillas de la tecnología y las redes sociales. Es por esto que las experiencias absorbentes que me ayudan a librarme de esa irritante tendencia y a olvidarme de la realidad por un momento son las que admiro y aprecio con devoción. Cuando me topé con Execution Ground, fui recibido por un mundo hostil, vasto y aterrador, lleno de disonancia y oscuridad que me devoraron al instante y no hicieron más que hipnotizarme.

Es evidente que todos los músicos involucrados en Painkiller son maestros de su oficio, creando un mundo gigantesco con tan sólo un puñado de instrumentos. El bajista Bill Laswell crea sonidos que rezuman a través de esta mezcla amorfa, así como por momentos provee ritmos pegajosos que conectan todos los elementos de la obra. El baterista Mick Harris provee una energía palpitante que le da al disco una dirección coherente y mantiene el curso de la música a pesar de su forma alborotada. Él también es responsable de abrir las puertas del infierno en las secciones más caóticas, demostrando sus orígenes en la legendatia banda de grindcore Napalm Death.

Pero quien sin duda está al control de este vórtice es el saxofonista John Zorn. Siendo un reconocido creador en el mundo de la música avant-garde, Zorn lleva los sonidos de su instrumento hasta sus límites en Execution Ground. Durante los pasajes más caóticos el saxofón cobra vida propia, chillando y retorciendose como una bestia en forma de gusano que vuela en direcciones erráticas e impredecibles. En las secciones más indulgentes, su sonido es más cálido y familiar, pero emana una sensación de ansiedad y desasosiego.

Quizás una de las mayores cualidades de este proyecto es que a pesar de su estilo nebuloso logra crear una progresión significativa con sus piezas aparentemente inconexas. Parish of Tama (Ossuary Dub) empieza con un bombardeo de instrumentación retorcida que azota sin piedad y no deja espacio para respirar. Subitamente, la pieza se detiene y se zambulle en un surreal pasaje onírico que aterriza al oyente en el oscuro universo en el que toma lugar el álbum. Pashupatinath usa los mismos elementos pero cambia el orden de ejecución con éxito, comenzado con un atrayente pasaje de jazz que gradualmente se deforma y convierte en un climax demente y cacofónico.

También es de notoria mención el segundo disco, etiquetado como ambiental. En sus dos piezas que cubren casi cuarenta minutos, los instrumentos principales se ocultan, manifestandose distantes, nebulosos y con mucho menor frecuencia. Quienes toman el protagonismo son múltiples sonidos como cánticos masculinos, gritos, moscas, gotas de agua, crujidos de madera y sintetizadores etéreos. El viaje a través de este paisaje sonoro es como atravesar el río Estige en el inframundo, donde los sonidos rebotan en las retorcidas cavernas y las desdichadas almas imploran debajo del agua.

Execution Ground es una exploración absorbente de la oscuridad que ruega ser examinada obsesivamente. Su sonido es complejo e intrincado, lleno de detalles desconcertantes que son parte de un todo colosal. A pesar de ser un adicto a distracciones supérfluas, me veo atraído sin fallo a la vision angustiada y contemplativa de Painkiller, aferrandose a mí y reclamando toda mi atención. Pocas experiencias se comparan a escuchar este proyecto sólo, con audífonos y en un cuarto a oscuras para perderse en su sombría ambientación.

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